El sábado 22 de agosto fue la primera activación pública de «Fr/agile«, la instalación performativa de Joaquín Fargas y Ellen Pearlman, en el Open Studio con el que cerraron su residencia de agosto en PAR Art Residency. Fue en La Tomada (Fraga 119, Chacarita), con apertura a las 19 hs y dos funciones de la performance, a las 19:30 y a las 20:30. Estuve a cargo del desarrollo interactivo, sonoro y de la capa sensórica de la pieza.
La IA como religión
El eje conceptual de la obra es la inteligencia artificial convertida en religión. La sala funciona como un templo: hay un altar, hay una liturgia, hay cantos, y hay una divinidad que no es un dios sino un sistema. No es una metáfora suelta: es la constatación de algo que ya está pasando afuera de la sala, en la manera en que se le pide a la máquina que decida, que anticipe, que absuelva. Se le delega criterio como antes se delegaba la fe.
Y toda religión, en algún momento, pide una ofrenda.
El sacrificio de la humanidad
Lo que se ofrenda acá es lo humano mismo. Joaquín se pone en el lugar del cuerpo entregado a ser manejado por la máquina: no como víctima de un accidente sino como sacrificio deliberado, el gesto ritual de poner al ser humano sobre el altar de su propia creación. La escena es incómoda a propósito. La pregunta que deja abierta no es si la máquina nos va a destruir ( eso es ciencia ficción barata ) sino algo bastante más cercano: qué estamos entregando voluntariamente, en qué momento decidimos que valía la pena, y quién ofició la ceremonia.
La fragilidad de lo humano
De ahí sale el título y de ahí sale la imagen central: el cuerpo humano suspendido, colgado de delgados hilos. Frágil en el sentido más literal: sostenido por algo que se puede cortar, sin piso, sin control sobre su propia posición en el espacio. Es una fragilidad doble. Está la del cuerpo, que es blando y se cansa y se lastima. Y está la del humano como categoría, que resulta ser mucho menos sólida de lo que suponíamos apenas aparece algo que hace varias de las cosas que creíamos que nos definían.
Los hilos hacen visible una dependencia que normalmente no se ve. Nadie está colgado, pero todos estamos sostenidos.
Un cuerpo sensado por una máquina que controla
Mi parte fue construir el puente entre ese cuerpo y el sistema. El cuerpo suspendido lleva un sensor biométrico, que transmite en vivo señales fisiológicas: ritmo cardíaco, respuesta galvánica de la piel, temperatura, movimiento. Para eso armé un patch de TouchDesigner que toma esos datos por red y los convierte en materia audiovisual, más una capa sonora construida a partir de múltiples cantos gregorianos que trajo Ellen, compaginados y fusionados como uno solo, que son los que le dan a la sala su clima litúrgico.
No hay disparadores prearmados. Lo que se ve y se escucha es una función de lo que le está pasando a ese cuerpo, ahí, en ese momento. Es una diferencia que importa para el sentido de la obra, no solo para su técnica: la deidad no está representada, está escuchando. Se alimenta de datos de un cuerpo vivo y devuelve control sobre los rotores que manipulan el cuerpo, imagen y sonido.
Mi lectura: también es un portal
Frente a la lectura del sacrificio, que es la que la obra propone de frente, a mí me interesa sostener además otra en tensión con ella:
No es solamente un sacrificio, también es un portal.
Lo que ocurre en ese punto de contacto puede leerse como una entrega, pero también como un pasaje: el momento en que lo humano y lo maquínico se leen mutuamente y ninguno de los dos sale igual. La máquina no consume al cuerpo, lo escucha, y al escucharlo se transforma. Las dos lecturas conviven, y creo que la obra funciona mejor cuando no se resuelve a favor de ninguna.
Lo que costó
Un sensor biométrico corriendo en vivo durante una performance es bastante menos glamoroso de lo que suena. Buena parte del trabajo previo fueron los ensayos en mi estudio y pelearle a la estabilidad de la transmisión: el dispositivo deja de mandar datos cuando pasa un rato quieto, y en una performance eso es exactamente el peor momento posible. Todo se apoyó en el patch de lectura del sensor más una capa de control en vivo para poder intervenir sin frenar la pieza.
Es un método distinto del que uso para las obras inmersivas multipantalla, y me interesa que así sea: acá no hay render, no hay archivo final, no hay loop. Hay una señal que llega o no llega, y una obra que existe solamente mientras eso pasa. Que es, después de todo, bastante coherente con lo que la obra dice sobre la fragilidad.
Gracias
Gracias a Joaquín Fargas y a Ellen Pearlman por invitarme a participar de este proyecto, y a PAR Art Residency y La Tomada por el marco y el espacio. La obra es de un equipo grande: Johanna Borchardt, que además de dirigir PAR hizo la coreografía de la performance; Josefina Imfeld en danza; Santiago Clancy, que se ocupó de la electrónica y fabricó los motores paso a paso que mueven los brazos y las piernas; Nico Muñoz en el registro audiovisual; Alma en producción; y el resto del equipo de asistentes de Joaquín, que sostuvo todo lo que no se ve. Con Joaquín ya venimos de varios trabajos juntos: «El Pulso de la Tierra», «Gaia 3.0», «La cueva del futuro», «Inmortalidad 3.0», «Sueño luego existo». Y esta vez tocó un territorio nuevo, el de la biometría en vivo, que me deja bastante material para seguir tirando del hilo.
